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Cuando salimos no
le dije nada a Baruscotti, pero mi objetivo era claro: dar la
vuelta, como pensaban todos, pero darla lo más rápido posible.
Anduvimos tranquilos en el enlace y llegamos a la largada del primer
prime en Uruguay. Detrás de mí salía el inglés Fowkes, con el
Mercedes Benz 422 y yo calculaba cuando me iba a pasar, porque era
un tramo muy veloz. Adelante largo el 214, un Subaru de Ecuador, al
que alcanzamos en seguida. Íbamos en la tierra de ellos, a unos
trescientos metros, cuando se comieron una curva y se dieron vuelta.
Paramos, vimos que no tenía nada, y seguimos. Unos veinte kilómetros
después nos pasó el Mercedes, que resultó ser el ganador de esa
etapa.
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En el punto de
partida del segundo prime nuestra única preocupación era tratar de
conocer la clasificación del primero. Ese tipo de noticias (nos
acostumbramos después) llegaría recién por la noche, o a veces al
día siguiente. Es bastante difícil correr sin saber si uno gana o
pierde, obliga a ir más rápido todavía. En ese tramo de velocidad el
camino era bastante malo. Pasamos como diez autos. La llegada a
Montevideo fue también muy linda, con mucha gente. Cuando estábamos
cenando en el hotel apareció un ejército de periodistas y allí nos
enteramos que habíamos ganamos los dos prime y la etapa. Como
comienzo, no nos podíamos quejar… |
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Cuando la extenuada caravana regresaba al país, arrancaba desde
Bariloche apuntándole a Ushuaia y dibujaría todo el Sur antes de
trepar hacía Comodoro Rivadavia. Buenos Aires recibiría
22 máquinas y otras 2
“reenganchadas”. |
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Recién después del primer día descubrimos qué era el sistema rally, porque
al largar no sabíamos absolutamente nada. Salimos de Montevideo,
regresamos a la Argentina y corrimos el prime de noche en la Mesopotamia.
Fue bastante bravo, fundamentalmente porque uno no está acostumbrado a
correr de noche. Era una zona rápida, con mucha tierra y varios desvíos,
lo que hacía muy difícil pasar un auto. Lamentablemente alcanzamos a
varios coches grandes y perdimos tiempo. Un ejemplo fue cuando nos
arrimamos al Falcon número 412 de Ceriani, donde iba gente sin
experiencia. Yo me le puse tres veces al lado, con las luces apagadas, con
las luces prendidas, tocando bocina y cada vez que estaba ahí aceleraban,
levantaban una nube de tierra y no los podía pasar. Los pude superar mil
metros antes de subir al asfalto (había un pedazo de 26 kilómetros) y allí
otra vez se pusieron adelante por la mayor velocidad de su auto, y me
llevaron a la rastra hasta la llegada. |
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Makinen se había
retrasado porque le cargaron nafta con agua. Venía de atrás, pasando
coches a toda máquina y yo, cuando lo vi venir, paré y lo deje pasar; pero
otros autos no se corrían a un costado del camino y cuando el finlandés
los superaba quedaban ciegos por las luces y la tierra.
Esa noche, en una parte
medio montañosa, Baruscotti me cantó: “curva a la derecha amplia”, y era
curva a la izquierda de noventa grados. Todavía no se cómo doblamos, creo
que fue sin querer. Desde aquella “cantata” todo lo que me decía de la
hoja de ruta me sonaba como un fondo musical.
Al terminar el prime
habíamos llegado octavos en el camino, o sea que desde Buenos Aires (donde
largamos en el puesto 57°) pasamos 49 coches.
Cuando llegamos a
Posadas eran las dos de la madrugada. No conseguimos hotel y nos quedamos
bolicheando hasta tomar la balsa a las ocho de la mañana. El más divertido
para animar las esperas era Errecalde Allende, que armaba líos en
cualquier lugar, y los italianos Albissi y Molina. |
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Antes de que se me
pase, quiero destacar la tarea de Diëguez, del Touring Club Argentino, el
alma máter del coche 207, que conducían Albisetti-Aquila, y que junto al
206 de Zagaglia-Avalle corrían en equipo con nosotros. La gente del
Touring es el verdadero ejemplo del deportista amateur. Estaban al
servicio de todos, en cualquier circunstancia.
En Asunción ya se
empezó a hablar de las lluvias del Chaco paraguayo. Los pilotos de ese
país querían correr la etapa de barro a toda costa porque tenían muchos
auxilios para ellos. Otros, en cambio, pedían la neutralización. |
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Largamos el prime de
Coronel Oviedo y a los 150 kilómetros paré a reabastecerme, porque
faltaban más de 300 kilómetros y no sabía si podía llegar. Y a los 5
kilómetros del auxilio me encontré con la novedad de que habían
neutralizado la carrera. Así que perdimos el tiempo de la carga, pero de
todas formas habíamos andado ligero ya que ganamos el tramo de velocidad.
Ahí Makinen le sacó al segundo Mercedes 14 minutos. ¡Un fenómeno!
El clima del rally
comenzó en ese lugar, mientras esperábamos la llegada de todos los autos.
Se armó un partido de fútbol entre argentinos y extranjeros, donde Paco
Mayorga hizo el gol del triunfo, y nos fuimos conociendo más. Errecalde
Allende llegó al control montado en un burro, con diez pilotos pegándole
de atrás al animal. La broma terminó mal, porque el burro se espantó y
Errecalde casi se mata. Fue un show inolvidable. |
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EN BRASIL HABÍA QUE
ANDAR DESPACIO
Al otro día nos fuimos
de Puerto Stroessner hacía Guarayá. En todo el territorio brasileño el
problema más grande era la velocidad, ya que la policía controlaba mucho
los límites fijados. Lamentablemente había una niebla impresionante. Al
cruzar un pueblo se me atravesó una camioneta y apenas pude frenar. Nos
fuimos de costado y menos mal que había una estación de servicio, ya que
el coche recién se detuvo al lado del surtidor. Si en lugar de esa
estación había una casa ahora no estaría contando nada. Pero nos ayudo la
suerte, y como estábamos allí aprovechamos para cargar nafta…
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Desde Guarayá
teníamos que largar un prime en la playa, pero por un problema de
los organizadores brasileños nadie encontraba la largada. Yo, por
suerte, me fui con los Mercedes, Mayorga y el “Patoruzú” de la
organización, Jean Pasture, que en todos los lugares nos largaba y
no sé cómo hacía para estar también en la llegada. La cuestión fue
que los de atrás se perdieron todos.
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¡Cómo nos divertimos en
la playa! Eramos unos diez coches, todos juntos, jugando a hacer trompos,
piruetas, y andando de costado en la arena, a 140 kilómetros de velocidad.
Nunca vi hacer tantas cosas raras. Parecía un parque de diversiones. El
más loco era Makinen, un verdadero espectáculo. Nos dejaba adelantar, lo
ponía a fondo, y cuando nos alcanzaba hacía un medio trompo y nos pasaba a
todos marcha atrás.
Ese prime fue el
primero que perdimos (nos ganó Pepe Cano), porque rompimos una cubierta y
no había distancia para recuperar. Después llegamos neutralizados a Rio de
Janeiro por uno de los lugares más lindos del rally. |
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El viaje hasta
Brasilia fue bastante aburrido. El parque cerrado era en el
autódromo, donde incluso hay habitaciones para dormir. Nosotros
preferimos siempre mantenernos junto al grupo general, para estar al
tanto de las informaciones. En la capital brasileña apareció el tema
del reenganche, con el cual la mayoría de los pilotos no estaba de
acuerdo y yo, particularmente, tampoco, porque me parece que fue
como quitarle categoría a la carrera.
Con Cano, Acosta,
Echenique, Campra y otros nos alquilamos una “kombi” y fuimos a un
club de tenis cerca del lago, donde pasamos una hermosa tarde de sol
y pileta. Echenique se tiró de panza por un tobogán y se le prendió
fuego hasta el paladar.
Los torcedores
brasileños que estaban en las tribunas del autódromo se la pasaron
todo el día silbando e insultando a los corredores peruanos. Al
principio no nos dábamos cuenta del porqué de la bronca, pero
después descubrimos que eran las secuelas del 6 a 0 del Mundial…
Nosotros dormimos
un rato porque había que largar a las dos de la madrugada, pero
otros, que por delicadeza no voy a nombrar, se fueron a bailar con
unas chicas que encontraron por ahí. Y después de un rato se dieron
cuenta de que eran travestis. Las cargadas duraron varios días.
Hasta Cuiaba era
una zona menos poblada y nos avisaron que la policía no controlaba
tanto la velocidad. Al único que sorprendió un agente solitario a
más de 140, donde se podía ir a 80, fue a mí. El agente andaba bien
con el cronómetro. Nos paró y se la pasó repitiendo “oteinta”, pero
nosotros nos hacíamos los ingleses y lo convencimos que no
entendíamos nada, para poder irnos sin pagar. |
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EL SABADO,
BAILE EN EL PUEBLO
Como era sábado
nos fuimos a un baile en Cuiaba. Allí conocí bien a los locos del
Chevy. ¡Qué personajes! Los bautizamos “Los tres chiflados”, porque
eran la nota en cualquier lugar. El gordo, dueño de un taller
mecánico, no sabía quiénes eran sus futuros compañeros. Lo
invitaron, se anotó, y hacía de todo. Manejaba, arreglaba el auto, y
yo creo que les tenía que ir cebando mate en los tramos de enlace.
El gordo llevaba una bandera argentina preparada, y en cualquier
parte la hacía flamear. El coche era una cupé Chevy modelo 71, con
más de 100.000 kilómetros antes de largar. Una cosa de locos.
En el baile del
pueblo, mientras bromeábamos todos, se armó un lío de novela.
Empezaron los tiros, el desparramo, las mesas que volaban y nosotros
sin mover un pelo. Cuando se serenó el ambiente desaparecimos y nos
encerramos en el hotel.
Largamos esa
noche a Porto Velho. Había muchísimas piedras porque estaban
construyendo un camino nuevo. Teníamos que salir por ese tramo nuevo
y a los dos kilómetros bajar de vuelta a la tierra. Los que iban
adelante mío siguieron sin hacer caso a las señales y yo también me
quedé en el ripio. Pero el asunto fue que de pronto se acababa el
camino y entonces todos tuvimos que dar la vuelta y volver atrás. Se
armó una carrera extra, ya que todos queríamos llegar primeros a la
tierra vieja. La cuestión que íbamos diez para un lado y diez para
otro. Parecían los autos locos. Había que seguir a fondo y esquivar.
Los que volvíamos y los que se seguían equivocando. Todo a las dos
de la mañana. Al final salí ganando yo, que bajé primero y los tapé
de tierra a todos. Anduvimos así unos 400 kilómetros, y llegando a
los arenales, donde había volcado Makinen, que estaba arreglando el
auto a mazazos. Al rato vimos un Mercedes parado en un arenal y era
el polaco Zasada. También lo pasamos y quedamos cuartos en la ruta.
Eran arenales de 30 metros de largo, con una diferencia de nivel que
te podías quedar a vivir. Tenías que ir con periscopio para poder
ver el camino. En uno de ésos nos quedamos colgados, pero con el
gato inflable pudimos salir bastante rápido.
Así llegamos al
arenal grande, donde estaban parados el Citroën de Mayorga y los dos
Mercedes de punta. También nos encajamos nosotros, los Mercedes que
venían atrás y el Peugeot francés de Jeandot.
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Como los Mercedes
habían contratado una motoniveladora para poder salir de la arena y
el brasileño que la manejaba tenía orden de no ayudar a los demás,
“El Orejano”, que venía en el auto con Paco Mayorga, sacó un
revolver y se hizo empujar de prepo. ¡El susto del negrito no se
podía creer! Los pilotos de los Mercedes, cuando vieron el arma,
tampoco protestaron mucho. Después “El Orejano” me contó que era un
revolver de juguete, pero nunca nadie supo la verdad… |
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empujar de prepo.
¡El susto del negrito no se podía creer! Los pilotos de los
Mercedes, cuando vieron el arma, tampoco protestaron mucho. Después
“El Orejano” me contó que era un revolver de juguete, pero nunca
nadie supo la verdad…
Así fuimos para
atrás y adelante hasta quedar todos empantanados. Hacía como 38
grados y la arena hervía. Para colmo, se nos pinchó el gato inflable.
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PRIMEROS EN LA
RUTA
Hubo una
neutralización y otra largada. Salí detrás de los Mercedes y los
alcancé cerca de otro arenal grande. Se metieron ellos y yo atrás.
Pero en el medio del arenal se quedaron los dos y pasé a ser primero
en la ruta. La alegría me duró veinte metros, porque me quedé
también empantanado. Con la ayuda de los auxilios Mercedes salimos
todos.
El camino era
malísimo. Se nos cortó un amortiguador y tuvimos que sacarlo para
poder seguir. En ese tramo paramos un montón de veces, pero los de
atrás venían muy lejos. Llegamos a Porto Velho después de 24 horas.
Un poco antes de la meta nos pasó Makinen. Los que lo vieron
trabajar con una pala en los arenales dicen que era una máquina. El
no se preocupaba por el calor ni por nada.
Cruzamos una
balsa y seguimos para Manaos. Era una ruta muy veloz y curiosa.
Pleno Amazonas. Los puentes en lugar de estar sobre la ruta, estaban
unos diez metros a un costado. Era muy peligroso. Si uno veía una
luz de un auto adelante creía que el camino seguía derecho, y se iba
directo al río. En una de esas trampas se mató el doctor Puppo, del
ACA. Fue algo tremendo para todos. También uno de nuestros auxilios
se cayó en un pozo de once metros con agua. Por suerte a los chicos
no les pasó nada grave.
De Manaos a Boa
Vista cruzamos una reserva indígena, de la cual se habían lanzado
muchas versiones, y algunos corredores se armaron de palos,
cuchillos, por lo que pudiera pasar. Pero a los indios ni los vimos.
En Boa Vista nos
divertimos mucho. Primero jugamos al básquet con unas chicas de un
colegio y después fuimos a ver la preparación de una de las mejores
comparsas de Brasil, que ya se estaba entrenando para el carnaval
del año próximo.
Hasta Ciudad
Bolívar, en Venezuela, el mayor inconveniente fueron los mosquitos,
Pero también hubo una sorpresa. En el medio de la ruta había un
Mercedes Benz con el 401. No podía ser, porque Makinen venía detrás
nuestro. Resultó que al coche de Rubén Daray, desclasificado en
Uruguay, lo habían llevado hasta allí los auxilios de Mercedes y le
habían pintado el número de Makinen. No quiero pensar mal, pero el
comentario general era que estaban preparando un cambio de auto.
Hubo denuncias y Makinen tuvo que seguir con su auto golpeado.
En un tramo de
barro los pasamos a Zasada y a otro Mercedes más que no recuerdo
cuál era y llegamos a Ciudad Bolívar segundos en el camino y cuartos
en la hipotética clasificación general. Me parecía estar soñando:
con el R-12 estábamos peleando contra los Mercedes.
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Y LLEGAMOS A
CARACAS
Al entrar en
Venezuela nos desinfectaron los autos (también a algunos pilotos),
porque según decían en Brasil había una plaga. Sin problemas y con
el coche bien limpio seguimos rumbo a Caracas. La llegada fue muy
emocionante. Me encontré con muchos amigos, entre ellos el ingeniero
Zapegno, que me preparó el primer R-12 que corrí. Ya el primer sueño
estaba cumplido, casi sin darnos cuenta.
De Caracas
salimos tranquilos hasta Valencia. Al llegar a la aduana vimos una
fila larga de autos y les pasamos por arriba a todos. Como decimos
nosotros, los “bicicleteamos” para no perder mucho tiempo. Por ahí
andaba el francés Jeandot buscando al acompañante, que se había
perdido. Y cuando apareció, delante de todos, le pegó una flor de
trompada.
Tranquilos
llegamos a Cúcuta después de ganar el prime. Al otro día salimos
para Bogotá. Por primera vez íbamos a tener un tramo picante, ya que
Cigarrillos Imperial de Colombia daba un premio de 2.400 dólares (en
nuestra categoría) para el ganador de ese trayecto. Le dimos como en
la guerra. Pero en la tierra pinchamos una goma y nos pasaron cuatro
autos. Cuando cambiamos, le empezamos a dar de nuevo por la montaña
y alcanzamos al pelotón. En los retomes hasta veíamos a los Mercedes
punteros. En una subida nos pasaron Cowan con el Mercedes y Mayorga
con el Citroën grande. Cuando llegó la bajada, con el piso algo
mojado, seguimos pegados a los dos autos de la clase mayor como
cincuenta kilómetros hasta que se nos reventó otra goma. Después nos
quedamos sin frenos y tuvimos que andar despacio. La cuestión fue
que después de ganar un montón de primes justó nos agarró la mufa en
el único bien recompensado, y por supuesto lo perdimos.
Ya la caravana
era mucho más chica. De Quito a Guayaquil sufrimos bastante. Apenas
largamos sentimos ruidos extraños y comprobamos que se había cortado
un pedazo del chapón que agarraba la parrilla de suspensión. Como no
había tiempo para arreglarlo fuimos despacio, cuidando mucho el auto
para que no terminara de romperse. Perdimos como media hora, pero
seguíamos cómodos en el primer puesto de la categoría. En toda la
zona del Pacífico la carrera tenía mucha trascendencia y la gente
apoyaba y nos ayudaba a todos.
En Lima la gente
de Bardhal nos atendió muy bien. Por suerte pudimos conocer lugares
hermosos, ya que en general, durante el recorrido, sólo había tiempo
para pensar en la carrera. Allí soldamos todo el auto y por única
vez en los 30.000 kilómetros cambiamos el aceite.
Rumbo a Cuzco nos
pasó de todo. Rompimos dos gomas, un amortiguador y se nos tapó la
cañería de nafta. Perdimos otra media hora, pero todavía nos
quedaban más de dos horas de ventaja. Tuvimos que trabajar tanto en
el parque cerrado que ni pudimos ver las ruinas de Machu Picchu.
No hubo novedades
importantes al pasar por La Paz, Arica y Santiago de Chile. El coche
funcionó bien y seguimos sumando ventaja. Los caminos eran bastante
bravos y las diferencias de cilindrada no se notaban mucho.
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OTRA VEZ EN LA
ARGENTINA
El cruce de la
Cordillera fue difícil porque había nevado mucho. Para mí la llegada
a Bariloche tenía una significación especial, porque por primera vez
iba a andar por caminos que conocía. Todo lo pasado fue novedad.
Tanto nos confiamos que en el primer prime después de Bariloche nos
equivocamos de camino y tuvimos que hacer 130 kilómetros de más.
Cuando llegamos al auxilio nos dijeron que ya habían pasado casi
todos los autos. Otra vez había que recuperar. Parecía una historia
de nunca acabar.
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Ushuaia nos
recibió con nieve, lluvia y como diez grados bajo cero.
Prácticamente habíamos pasado a todos los autos. Cuando fuimos a
reparar se nos congelaban las manos. Ni con guantes se podía
trabajar. Al atardecer me quedé mirando a los coches en el parque
cerrado, acomodados por el orden de llegada. Estaba primero el de
Zasada, al lado el de Cano, el de Cowan, el mío y el de Makinen.
Tres Mercedes y dos Renault 12. Fue una imagen hermosa. |
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Antes de llegar
a Comodoro paramos en una estación de servicio y la gente del lugar
nos invitó a comer un asado. Como teníamos tiempo, aceptamos. Al
rato apareció uno de los auxilios como loco. Todo el mundo nos
estaba buscando y no nos podían encontrar. Les explicamos del asado
y casi nos matan. Estábamos atrasados más de media hora. No podíamos
ni comer tranquilos…
Pasó Comodoro
Rivadavia, después Bahía Blanca y de allí largamos el último tramo
hasta Magdalena. Antes habíamos visitado a Ceferino Namuncurá, por
las dudas…
Salimos y … casi
se me escapa una mala palabra. Se nos rompió una válvula y, después
de 30.000 kilómetros, por primera vez sentí que todo podía terminar
allí. La posibilidad era reparar en Necochea. Fueron unos 100
kilómetros tremendos. Íbamos a uno por hora, sudando como dos
desgraciados y repitiendo: “Ahí se rompe todo, ahí se rompe todo”.
Quedamos últimos en el camino. Nos pasó hasta el Ami 8. Arreglamos
en Necochea y salimos una vez más como los bomberos, dos horas atrás
de la caravana. Después de Mar del Plata apareció por última vez el
barro. Había varios empantanados y fue una suerte, porque ya nos
creíamos que todos estaban en Magdalena.
Baruscotti se
sentó en el capot, afirmado sobre el paragolpes delantero para hacer
peso en las ruedas de tracción. Así lo lleve 20 kilómetros y pasamos
como quince coches. Era un show verlo a Jorge tapado por el barro.
Y así llegamos a
Magdalena y más tarde a Buenos Aires. Fue una aventura fantástica.
Como para empezar otra (tal vez Transchaco) la semana que viene.
JORGE RECALD
Esta nota ha sido extraída de Revista EL GRAFICO N°
3078
Producción: Nestor Straimel
Ilustraciones: Hector
Martinez |
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