RENAULT 12

 • Principal
 • Historia
 • 40º Aniversario
 • Características técnicas
 • Tuning
 • Material de interés

 MULTIMEDIA / DESCARGAS

 Tutoriales de mecánica
 Manuales

  CLUB

 • Socios
 • Reuniones
 • Próximas reuniones
 • Fotos
 • Otros clubes

  CONTACTO

 • E-mail
 Foro
 • Clasificados

  

 

FUE UNA AVENTURA FANTÁSTICA

Por Jorge Recalde


 

Argentino, ganador en la case B, junto a Jorge Baruscotti, con un Renault 12 TS. Un día después de bajar del auto escribió para “EL GRAFICO” sus vivencias, los momentos de alegría y los sufrimientos, en el rally más extenso del mundo. Más que una nota, esta es una novela apasionante. Empiece a leerla.

 

La cantidad de gente que hubo en el Automóvil Club el 17 de agosto yo en mi vida la había visto en una carrera de autos. Y me sentí muy bien por el apoyo de ese público. Además, estaba el presidente, la televisión en directo y todo lo que conforma un marco asombroso. Claro que en ese momento también pensé en lo absurdo de nuestro automovilismo, ya que la única revista especializada se había tirado en contra de la carrera.
 

 

Cuando salimos no le dije nada a Baruscotti, pero mi objetivo era claro: dar la vuelta, como pensaban todos, pero darla lo más rápido posible. Anduvimos tranquilos en el enlace y llegamos a la largada del primer prime en Uruguay. Detrás de mí salía el inglés Fowkes, con el Mercedes Benz 422 y yo calculaba cuando me iba a pasar, porque era un tramo muy veloz. Adelante largo el 214, un Subaru de Ecuador, al que alcanzamos en seguida. Íbamos en la tierra de ellos, a unos trescientos metros, cuando se comieron una curva y se dieron vuelta. Paramos, vimos que no tenía nada, y seguimos. Unos veinte kilómetros después nos pasó el Mercedes, que resultó ser el ganador de esa etapa.
 

En el punto de partida del segundo prime nuestra única preocupación era tratar de conocer la clasificación del primero.  Ese tipo de noticias (nos acostumbramos después) llegaría recién por la noche, o a veces al día siguiente. Es bastante difícil correr sin saber si uno gana o pierde, obliga a ir más rápido todavía. En ese tramo de velocidad el camino era bastante malo. Pasamos como diez autos. La llegada a Montevideo fue también muy linda, con mucha gente. Cuando estábamos cenando en el hotel apareció un ejército de periodistas y allí nos enteramos que habíamos ganamos los dos prime y la etapa. Como comienzo, no nos podíamos quejar…

Cuando la extenuada caravana regresaba al país, arrancaba desde Bariloche apuntándole a Ushuaia y dibujaría todo el Sur antes de trepar hacía Comodoro Rivadavia. Buenos Aires recibiría 22 máquinas y otras 2 “reenganchadas”.

Recién después del primer día descubrimos qué era el sistema rally, porque al largar no sabíamos absolutamente nada. Salimos de Montevideo, regresamos a la Argentina y corrimos el prime de noche en la Mesopotamia. Fue bastante bravo, fundamentalmente porque uno no está acostumbrado a correr de noche. Era una zona rápida, con mucha tierra y varios desvíos, lo que hacía muy difícil pasar un auto. Lamentablemente alcanzamos a varios coches grandes y perdimos tiempo. Un ejemplo fue cuando nos arrimamos al Falcon número 412 de Ceriani, donde iba gente sin experiencia. Yo me le puse tres veces al lado, con las luces apagadas, con las luces prendidas, tocando bocina y cada vez que estaba ahí aceleraban, levantaban una nube de tierra y no los podía pasar. Los pude superar mil metros antes de subir al asfalto (había un pedazo de 26 kilómetros) y allí otra vez se pusieron adelante por la mayor velocidad de su auto, y me llevaron a la rastra hasta la llegada.

 

Makinen se había retrasado porque le cargaron nafta con agua. Venía de atrás, pasando coches a toda máquina y yo, cuando lo vi venir, paré y lo deje pasar; pero otros autos no se corrían a un costado del camino y cuando el finlandés los superaba quedaban ciegos por las luces y la tierra.

Esa noche, en una parte medio montañosa, Baruscotti me cantó: “curva a la derecha amplia”, y era curva a la izquierda de noventa grados. Todavía no se cómo doblamos, creo que fue sin querer. Desde aquella “cantata” todo lo que me decía de la hoja de ruta me sonaba como un fondo musical.

Al terminar el prime habíamos llegado octavos en el camino, o sea que desde Buenos Aires (donde largamos en el puesto 57°) pasamos 49 coches.

Cuando llegamos a Posadas eran las dos de la madrugada. No conseguimos hotel y nos quedamos bolicheando hasta tomar la balsa a las ocho de la mañana. El más divertido para animar las esperas era Errecalde Allende, que armaba líos en cualquier lugar, y los italianos Albissi y Molina.

Antes de que se me pase, quiero destacar la tarea de Diëguez, del Touring Club Argentino, el alma máter del coche 207, que conducían Albisetti-Aquila, y que junto al 206 de Zagaglia-Avalle corrían en equipo con nosotros. La gente del Touring es el verdadero ejemplo del deportista amateur. Estaban al servicio de todos, en cualquier circunstancia.

En Asunción ya se empezó a hablar de las lluvias del Chaco paraguayo. Los pilotos de ese país querían correr la etapa de barro a toda costa porque tenían muchos auxilios para ellos. Otros, en cambio, pedían la neutralización.

Largamos el prime de Coronel Oviedo y a los 150 kilómetros paré a reabastecerme, porque faltaban más de 300 kilómetros y no sabía si podía llegar. Y a los 5 kilómetros del auxilio me encontré con la novedad de que habían neutralizado la carrera. Así que perdimos el tiempo de la carga, pero de todas formas habíamos andado ligero ya que ganamos el tramo de velocidad. Ahí Makinen le sacó al segundo Mercedes 14 minutos. ¡Un fenómeno!

El clima del rally comenzó en ese lugar, mientras esperábamos la llegada de todos los autos. Se armó un partido de fútbol entre argentinos y extranjeros, donde Paco Mayorga hizo el gol del triunfo, y nos fuimos conociendo más. Errecalde Allende llegó al control montado en un burro, con diez pilotos pegándole de atrás al animal. La broma terminó mal, porque el burro se espantó y Errecalde casi se mata. Fue un show inolvidable.

EN BRASIL HABÍA QUE ANDAR DESPACIO

Al otro día nos fuimos de Puerto Stroessner hacía Guarayá. En todo el territorio brasileño el problema más grande era la velocidad, ya que la policía controlaba mucho los límites fijados. Lamentablemente había una niebla impresionante. Al cruzar un pueblo se me atravesó una camioneta y apenas pude frenar. Nos fuimos de costado y menos mal que había una estación de servicio, ya que el coche recién se detuvo al lado del surtidor. Si en lugar de esa estación había una casa ahora no estaría contando nada. Pero nos ayudo la suerte, y como estábamos allí aprovechamos para cargar nafta…

 

 

Desde Guarayá teníamos que largar un prime en la playa, pero por un problema de los organizadores brasileños nadie encontraba la largada. Yo, por suerte, me fui con los Mercedes, Mayorga y el “Patoruzú” de la organización, Jean Pasture, que en todos los lugares nos largaba y no sé cómo hacía para estar también en la llegada. La cuestión fue que los de atrás se perdieron todos.

 

¡Cómo nos divertimos en la playa! Eramos unos diez coches, todos juntos, jugando a hacer trompos, piruetas, y andando de costado en la arena, a 140 kilómetros de velocidad. Nunca vi hacer tantas cosas raras. Parecía un parque de diversiones. El más loco era Makinen, un verdadero espectáculo. Nos dejaba adelantar, lo ponía a fondo, y cuando nos alcanzaba hacía un medio trompo y nos pasaba a todos marcha atrás.

Ese prime fue el primero que perdimos (nos ganó Pepe Cano), porque rompimos una cubierta y no había distancia para recuperar. Después llegamos neutralizados a Rio de Janeiro por uno de los lugares más lindos del rally.

El viaje hasta Brasilia fue bastante aburrido. El parque cerrado era en el autódromo, donde incluso hay habitaciones para dormir. Nosotros preferimos siempre mantenernos junto al grupo general, para estar al tanto de las informaciones. En la capital brasileña apareció el tema del reenganche, con el cual la mayoría de los pilotos no estaba de acuerdo y yo, particularmente, tampoco, porque me parece que fue como quitarle categoría a la carrera.

Con Cano, Acosta, Echenique, Campra y otros nos alquilamos una “kombi” y fuimos a un club de tenis cerca del lago, donde pasamos una hermosa tarde de sol y pileta. Echenique se tiró de panza por un tobogán y se le prendió fuego hasta el paladar.

Los torcedores brasileños que estaban en las tribunas del autódromo se la pasaron todo el día silbando e insultando a los corredores peruanos. Al principio no nos dábamos cuenta del porqué de la bronca, pero después descubrimos que eran las secuelas del 6 a 0 del Mundial…

Nosotros dormimos un rato porque había que largar a las dos de la madrugada, pero otros, que por delicadeza no voy a nombrar, se fueron a bailar con unas chicas que encontraron por ahí. Y después de un rato se dieron cuenta de que eran travestis. Las cargadas duraron varios días.

Hasta Cuiaba era una zona menos poblada y nos avisaron que la policía no controlaba tanto la velocidad. Al único que sorprendió un agente solitario a más de 140, donde se podía ir a 80, fue a mí. El agente andaba bien con el cronómetro. Nos paró y se la pasó repitiendo “oteinta”, pero nosotros nos hacíamos los ingleses y lo convencimos que no entendíamos nada, para poder irnos sin pagar.

EL SABADO, BAILE EN EL PUEBLO

Como era sábado nos fuimos a un baile en Cuiaba. Allí conocí bien a los locos del Chevy. ¡Qué personajes! Los bautizamos “Los tres chiflados”, porque eran la nota en cualquier lugar. El gordo, dueño de un taller mecánico, no sabía quiénes eran sus futuros compañeros. Lo invitaron, se anotó, y hacía de todo. Manejaba, arreglaba el auto, y yo creo que les tenía que ir cebando mate en los tramos de enlace. El gordo llevaba una bandera argentina preparada, y en cualquier parte la hacía flamear. El coche era una cupé Chevy modelo 71, con más de 100.000 kilómetros antes de largar. Una cosa de locos.

En el baile del pueblo, mientras bromeábamos todos, se armó un lío de novela. Empezaron los tiros, el desparramo, las mesas que volaban y nosotros sin mover un pelo. Cuando se serenó el ambiente desaparecimos y nos encerramos en el hotel.

Largamos esa noche a Porto Velho. Había muchísimas piedras porque estaban construyendo un camino nuevo. Teníamos que salir por ese tramo nuevo y a los dos kilómetros bajar de vuelta a la tierra. Los que iban adelante mío siguieron sin hacer caso a las señales y yo también me quedé en el ripio. Pero el asunto fue que de pronto se acababa el camino y entonces todos tuvimos que dar la vuelta y volver atrás. Se armó una carrera extra, ya que todos queríamos llegar primeros a la tierra vieja. La cuestión que íbamos diez para un lado y diez para otro. Parecían los autos locos. Había que seguir a fondo y esquivar. Los que volvíamos y los que se seguían equivocando. Todo a las dos de la mañana. Al final salí ganando yo, que bajé primero y los tapé de tierra a todos. Anduvimos así unos 400 kilómetros, y llegando a los arenales, donde había volcado Makinen, que estaba arreglando el auto a mazazos. Al rato vimos un Mercedes parado en un arenal y era el polaco Zasada. También lo pasamos y quedamos cuartos en la ruta. Eran arenales de 30 metros de largo, con una diferencia de nivel que te podías quedar a vivir. Tenías que ir con periscopio para poder ver el camino. En uno de ésos nos quedamos colgados, pero con el gato inflable pudimos salir bastante rápido.

Así llegamos al arenal grande, donde estaban parados el Citroën de Mayorga y los dos Mercedes de punta. También nos encajamos nosotros, los Mercedes que venían atrás y el Peugeot francés de Jeandot.

 

Como los Mercedes habían contratado una motoniveladora para poder salir de la arena y el brasileño que la manejaba tenía orden de no ayudar a los demás, “El Orejano”, que venía en el auto con Paco Mayorga, sacó un revolver y se hizo empujar de prepo. ¡El susto del negrito no se podía creer! Los pilotos de los Mercedes, cuando vieron el arma, tampoco protestaron mucho. Después “El Orejano” me contó que era un revolver de juguete, pero nunca nadie supo la verdad…

empujar de prepo. ¡El susto del negrito no se podía creer! Los pilotos de los Mercedes, cuando vieron el arma, tampoco protestaron mucho. Después “El Orejano” me contó que era un revolver de juguete, pero nunca nadie supo la verdad…

Así fuimos para atrás y adelante hasta quedar todos empantanados. Hacía como 38 grados y la arena hervía. Para colmo, se nos pinchó el gato inflable.

 

PRIMEROS EN LA RUTA

Hubo una neutralización y otra largada. Salí detrás de los Mercedes y los alcancé cerca de otro arenal grande. Se metieron ellos y yo atrás. Pero en el medio del arenal se quedaron los dos y pasé a ser primero en la ruta. La alegría me duró veinte metros, porque me quedé también empantanado. Con la ayuda de los auxilios Mercedes salimos todos.

El camino era malísimo. Se nos cortó un amortiguador y tuvimos que sacarlo para poder seguir. En ese tramo paramos un montón de veces, pero los de atrás venían muy lejos. Llegamos a Porto Velho después de 24 horas. Un poco antes de la meta nos pasó Makinen. Los que lo vieron trabajar con una pala en los arenales dicen que era una máquina. El no se preocupaba por el calor ni por nada.

Cruzamos una balsa y seguimos para Manaos. Era una ruta muy veloz y curiosa. Pleno Amazonas. Los puentes en lugar de estar sobre la ruta, estaban unos diez metros a un costado. Era muy peligroso. Si uno veía una luz de un auto adelante creía que el camino seguía derecho, y se iba directo al río.  En una de esas trampas se mató el doctor Puppo, del ACA. Fue algo tremendo para todos. También uno de nuestros auxilios se cayó en un pozo de once metros con agua. Por suerte a los chicos no les pasó nada grave.

De Manaos a Boa Vista cruzamos una reserva indígena, de la cual se habían lanzado muchas versiones, y algunos corredores se armaron de palos, cuchillos, por lo que pudiera pasar. Pero a los indios ni los vimos.

En Boa Vista nos divertimos mucho. Primero jugamos al básquet con unas chicas de un colegio y después fuimos a ver la preparación de una de las mejores comparsas de Brasil, que ya se estaba entrenando para el carnaval del año próximo.

Hasta Ciudad Bolívar, en Venezuela, el mayor inconveniente fueron los mosquitos, Pero también hubo una sorpresa. En el medio de la ruta había un Mercedes Benz con el 401. No podía ser, porque Makinen venía detrás nuestro. Resultó que al coche de Rubén Daray, desclasificado en Uruguay, lo habían llevado hasta allí los auxilios de Mercedes y le habían pintado el número de Makinen. No quiero pensar mal, pero el comentario general era que estaban preparando un cambio de auto. Hubo denuncias y Makinen tuvo que seguir con su auto golpeado.

En un tramo de barro los pasamos a Zasada y a otro Mercedes más que no recuerdo cuál era y llegamos a Ciudad Bolívar segundos en el camino y cuartos en la hipotética clasificación general. Me parecía estar soñando: con el R-12 estábamos peleando contra los Mercedes.

 

Y LLEGAMOS A CARACAS

Al entrar en Venezuela nos desinfectaron los autos (también a algunos pilotos), porque según decían en Brasil había una plaga. Sin problemas y con el coche bien limpio seguimos rumbo a Caracas. La llegada fue muy emocionante. Me encontré con muchos amigos, entre ellos el ingeniero Zapegno, que me preparó el primer R-12 que corrí. Ya el primer sueño estaba cumplido, casi sin darnos cuenta.

De Caracas salimos tranquilos hasta Valencia. Al llegar a la aduana vimos una fila larga de autos y les pasamos por arriba a todos. Como decimos nosotros, los “bicicleteamos” para no perder mucho tiempo. Por ahí andaba el francés Jeandot buscando al acompañante, que se había perdido. Y cuando apareció, delante de todos, le pegó una flor de trompada.

Tranquilos llegamos a Cúcuta después de ganar el prime. Al otro día salimos para Bogotá. Por primera vez íbamos a tener un tramo picante, ya que Cigarrillos Imperial de Colombia daba un premio de 2.400 dólares (en nuestra categoría) para el ganador de ese trayecto. Le dimos como en la guerra. Pero en la tierra pinchamos una goma y nos pasaron cuatro autos. Cuando cambiamos, le empezamos a dar de nuevo por la montaña y alcanzamos al pelotón. En los retomes hasta veíamos a los Mercedes punteros. En una subida nos pasaron Cowan con el Mercedes y Mayorga con el Citroën grande. Cuando llegó la bajada, con el piso algo mojado, seguimos pegados a los dos autos de la clase mayor como cincuenta kilómetros hasta que se nos reventó otra goma. Después nos quedamos sin frenos y tuvimos que andar despacio. La cuestión fue que después de ganar un montón de primes justó nos agarró la mufa en el único bien recompensado, y por supuesto lo perdimos.

Ya la caravana era mucho más chica. De Quito a Guayaquil sufrimos bastante. Apenas largamos sentimos ruidos extraños y comprobamos que se había cortado un pedazo del chapón que agarraba la parrilla de suspensión. Como no había tiempo para arreglarlo fuimos despacio, cuidando mucho el auto para que no terminara de romperse. Perdimos como media hora, pero seguíamos cómodos en el primer puesto de la categoría. En toda la zona del Pacífico la carrera tenía mucha trascendencia y la gente apoyaba y nos ayudaba a todos.

En Lima la gente de Bardhal nos atendió muy bien. Por suerte pudimos conocer lugares hermosos, ya que en general, durante el recorrido, sólo había tiempo para pensar en la carrera. Allí soldamos todo el auto y por única vez en los 30.000 kilómetros cambiamos el aceite.

Rumbo a Cuzco nos pasó de todo. Rompimos dos gomas, un amortiguador y se nos tapó la cañería de nafta. Perdimos otra media hora, pero todavía nos quedaban más de dos horas de ventaja. Tuvimos que trabajar tanto en el parque cerrado que ni pudimos ver las ruinas de Machu Picchu.

No hubo novedades importantes al pasar por La Paz, Arica y Santiago de Chile. El coche funcionó bien y seguimos sumando ventaja. Los caminos eran bastante bravos y las diferencias de cilindrada no se notaban mucho.

 

OTRA VEZ EN LA ARGENTINA

El cruce de la Cordillera fue difícil porque había nevado mucho. Para mí la llegada a Bariloche tenía una significación especial, porque por primera vez iba a andar por caminos que conocía. Todo lo pasado fue novedad. Tanto nos confiamos que en el primer prime después de Bariloche nos equivocamos de camino y tuvimos que hacer 130 kilómetros de más. Cuando llegamos al auxilio nos dijeron que ya habían pasado casi todos los autos. Otra vez había que recuperar. Parecía una historia de nunca acabar.

 

Ushuaia nos recibió con nieve, lluvia y como diez grados bajo cero. Prácticamente habíamos pasado a todos los autos. Cuando fuimos a reparar se nos congelaban las manos. Ni con guantes se podía trabajar. Al atardecer me quedé mirando a los coches en el parque cerrado, acomodados por el orden de llegada. Estaba primero el de Zasada, al lado el de Cano, el de Cowan, el mío y el de Makinen. Tres Mercedes y dos Renault 12. Fue una imagen hermosa.

Antes de  llegar a Comodoro paramos en una estación de servicio y la gente del lugar nos invitó a comer un asado. Como teníamos tiempo, aceptamos. Al rato apareció uno de los auxilios como loco. Todo el mundo nos estaba buscando y no nos podían encontrar. Les explicamos del asado y casi nos matan. Estábamos atrasados más de media hora. No podíamos ni comer tranquilos…

Pasó Comodoro Rivadavia, después Bahía Blanca y de allí largamos el último tramo hasta Magdalena. Antes habíamos visitado a Ceferino Namuncurá, por las dudas…

Salimos y … casi se me escapa una mala palabra. Se nos rompió una válvula y, después de 30.000 kilómetros, por primera vez sentí que todo podía terminar allí. La posibilidad era reparar en Necochea. Fueron unos 100 kilómetros tremendos. Íbamos a uno por hora, sudando como dos desgraciados y repitiendo: “Ahí se rompe todo, ahí se rompe todo”. Quedamos últimos en el camino. Nos pasó hasta el Ami 8. Arreglamos en Necochea y salimos una vez más como los bomberos, dos horas atrás de la caravana. Después de Mar del Plata apareció por última vez el barro. Había varios empantanados y fue una suerte, porque ya nos creíamos que todos estaban en Magdalena.

Baruscotti se sentó en el capot, afirmado sobre el paragolpes delantero para hacer peso en las ruedas de tracción. Así lo lleve 20 kilómetros y pasamos como quince coches. Era un show verlo a Jorge tapado por el barro.

Y así llegamos a Magdalena y más tarde a Buenos Aires. Fue una aventura fantástica. Como para empezar otra (tal vez Transchaco) la semana que viene.

JORGE RECALD

Esta nota ha sido extraída de Revista EL GRAFICO N° 3078

Producción: Nestor Straimel

Ilustraciones: Hector Martinez